Ballet Floklórico Amalia Hernández
Ballet Floklórico Amalia Hernández

Redacción

GtoViaja!

Con más de 60 bailarines en escena se presenta el ballet folklórico de México de Amalia Hernández, la compañía más importantes de México de danza mexicana.

Sólo habrá una función 20:30 horas en el Teatro Manuel Doblado.

Con más de 400 premiaciones, 80 coreografías, el ballet es el embajador de México en el extranjero el cual presume de haberse presentado en los 5 continentes ha cautivado al público más exigente de la danza regional.

En rueda de prensa con María Elena, organizador del evento expresó “El ballet te envuelve las emociones, la magia y el espíritu de nuestra cultura”.

En su presentación ofrecerá 11 piezas de baile con múltiples cambios de vestuario.

Los boletos se pueden adquirir en taquillas del Teatro Manuel Doblado, en Plaza Mayor y mediante www.ticketportal.com.mx

$300.00 – BALCON (REG – Precio Regular)
$450.00 – NUMERADO (REG – Precio Regular)
$700.00 – PREFERENTE (REG – Precio Regular)

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Un poco de la semblanza del Ballet de Amalia Hernández:

A partir del año de 1952 Amalia Hernández tomó la decisión de formar su propia compañía de danza. Su experiencia como bailarina, maestra y coreógrafa, adquirida en la Academia Mexicana de la Danza, la motivó a crear una pequeña compañía que, en sus inicios, sólo contaba con ocho integrantes. Este reducido grupo denominado “Ballet Moderno de México comenzó a trabajar esporádicamente en la Sala Chopin haciendo presentaciones con coreografías creadas por la propia Amalia. En esta primera experiencia como artista independiente, estrenó su conocida coreografía Sones de Michoacán con un éxito indiscutible. A partir de entonces su entusiasmo por continuar en el campo de lo folklórico aportándole su creatividad, se convirtió en el gran reto a enfrentar.

El grupo logró permanecer vigente gracias a que en poco tiempo se le presentó la oportunidad de trabajar en un programa de televisión titulado Función de Gala, proyecto que promovió y patrocinó don Emilio Azcárraga Vidaurreta.

Con la responsabilidad de sacar al aire un ballet nuevo por semana, la directora, bailarina y coreógrafa, hizo uso de su gran talento para presentar algo diferente en cada ocasión. El resultado fue sorprendente, pues se Logró realizar un total de 67 programas con un equipo de trabajo que aumentó paulatinamente a 20 bailarines, entre los que se incluyó la propia Amalia. La pequeña compañía atrajo a su vez, la atención del Departamento de Turismo, institución que solicitó a su directora nevar su espectáculo a otros países del continente. De esta forma, el recién creado ballet visitó Cuba y Canadá e inclusive participó en el Festival del Pacífico. Por esa misma época -1958– viajó también a Los Ángeles, California, donde actuó con motivo de las fiestas patrias mexicanas.

En 1959 el ballet de Amalia Hernández fue invitado a participar nuevamente con representación oficial. En esta ocasión el licenciado Miguel Álvarez Acosta, director del Organismo de Promoción Internacional de Cultura (OPIC), solicitó a la señora Hernández la preparación de un programa especial para que su grupo representara a México en los Juegos Panamericanos de Chicago. Se organizó así una gira en la que el ballet viajó con 50 elementos, adoptando para tal acontecimiento el nombre de Ballet Folklórico de México. Entre las coreografías que para entonces integraban el programa y que tuvieron un gran éxito estaban: Los hijos del Sol, Antiguos sones de Michoacán, El Cupidito, Fiesta Veracruzana, Los Quetzales, La Danza del Venado y Navidad en Jalisco.

Semblanza Amalia Hernández

El Ballet Folklórico de México es el triunfo de una bailarina con etérea gracia y la capacidad estratégica de un general de división.

La aparición del Ballet Folklórico entre las instituciones artísticas de México no fue por arte de magia. Lo parecía, sin embargo, por la irradiación y el asombro causados en el país y en el extranjero. Fueron, en verdad, años de trabajo y de pasión, frente a los obstáculos y las íncomprensiones, oponiendo firmeza, voluntad e imaginación – ¡cuánta imaginación hace falta a veces para alcanzar la realidad! – donde otros colocan desfallecimientos.

Cuando Amalia tenía ocho años, se acercó a su padre, don Lamberto Hernández, para decirle algo quizás común entre muchas niñas: “Papá: quiero aprender a bailar”. El sí paterno no era tan sencillo en el medio social de la familia, donde el papel de la mujer aparece definido en una limitación estricta al hogar. Pero, después de todo, a la niña Amalia se le permitió aprender a bailar. Eso sí, en la casa de familia, y con una profesora.

Mejor dicho, con dos; porque cuando don Lamberto tomaba una decisión, la tomaba en grande. Militar y político de relieve, don Lamberto quiso que las profesoras de su hija tuvieran una categoría digna del nivel que su casa y posición ocupaban en la sociedad. y contrató al Prof. Sybine, bailarín principal en la compañía de la Pavlova, y a Madame Dambré, de la Opera de París. En ocasiones, el genio vivísimo de la niña no podía acomodarse fácilmente a las restricciones que impone el ballet clásico; para entonces, siempre en los altos vuelos de la enseñanza, estudiaba con la gran bailarina española “La Argentinita”. Y después con Waldeen, prestigiada bailarina y coreógrafa norteamericana de danza moderna.

Fue una escuela en las variantes de los moldes de danza, los estilos y los géneros, siempre con la pasión y la voluntad de dominarlos, interpretarlos, recrearlos. Amalia Hernández crecía, y crecía artísticamente. A pesar de eso, Amalia advirtió que el ballet clásico y la danza moderna, con música y bailes extranjeros en su mayor parte, no colmaban ni expresaban sus emociones.

Sí se emocionaba, en cambio, con las canciones y bailes que escuchaba y veía en la finca de su padre; en sus viajes, y aún en la ciudad. Su sentimiento mestizo, su contemporánea mexicanidad, vibraba con las resonancias del mestizaje, ya definido y a flor en la superficie cantarina, coloreada, de México. Y pronto comenzó a comprender que en los rincones, montañas y valles de su país, en esos pueblecitos que despiertan en la festividad largamente preparada, el estallido de los sentimientos; en esas gentes, que contienen el pasado y el presente de México; allí estaba el tesoro no aprovechado aún debidamente.

Comenzó a trabajar Amalia en el Instituto Nacional de Bellas Artes, como maestra y coreógrafa de danza moderna. En 1952 decidió dejar el Instituto y. formar su propia compañía, para presentar, en completa libertad, programas de bailes folklóricos mexicanos.

Al principio fue un grupo pequeño, como comienzan todas las cosas grandes. Entró a la batalla artística en un medio de no pocas confusiones y polémicas; pero armada, como cierto escritor expresó una vez, “con la etérea gracia de una joven bailarina y la capacidad estratégica de un general de división”.

Se le ofreció a la nueva compañía un programa semanal de televisión para el cual Amalia tenía que crear, poner coreografía y bailar nuevos ballets cada semana. Pero tenía por fin una oportunidad para dar salida a la riqueza de conocimientos que había acumulado sobre la música y los bailes folklóricos de su país. Poco después, la pequeña y espectacular compañía, atrajo la atención del Departamento de Turismo y su Director pidió a Amalia que llevara a la compañía, con representación oficial, a otros países del continente. Estas visitas culturales tuvieron un gran éxito y después de una triunfal presentación en los Juegos Panamericanos de Chicago, en 1959, el presidente López Mateos ofreció a la compañía todo el apoyo necesario para crear para México “uno de los mejores ballets del mundo”.

Para Amalia Hernández esta fue una gran victoria en su lucha por obtener el reconocimiento nacional para su ballet, victoria mayor aún al ser escogida su compañía como representante oficial del Gobierno Mexicano en el Festival de las Naciones de París, en 1961. La designación fue un acierto: en medio de las aclamaciones entusiastas de los críticos franceses otorgó al Ballet Folklórico y a su inteligente directora, el Primer Premio.

Pero el gran honor fue sólo un escalón para una mujer que habiendo empezado no podía dejar de crear coreografías y bailar. De hecho sólo dejó de bailar con la compañía hace seis años, cuando se convenció de que su tiempo era más provechoso para la cada vez más importante compañía, y se dedicó exclusivamente a la coreografía y a la organización.

Y desde 1960 Amalia Hernández ha hecho la coreografía para 30 ballets diferentes, formados por 56 bailes distintos. Puede medirse la grandeza de este esfuerzo recordando que algunas veces se requieren meses de estudio para componer un ballet.

Gran número de sueños infantiles se olvidan con el tiempo, pues hay muy pocas personalidades que, como Amalia Hernández, pueden decir que sus sueños se hicieron más grandes y mejores en la realidad. Pero no se hicieron solos: los realizó el talento, la dedicación, el arte y la capacidad organizadora, que no ha dejado de percibir las fibras sensibles de un pueblo que expresa sus sentimientos para llevarlos, con el sutil armazón de la coreografía, hasta el gran espectáculo.

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